No hace tantos años, los boliches eran
lugar obligado de reunión para la gente del pueblo. Cada uno tenía sus propias
características, algunos contaban con cancha de pelota, otros con cancha de
bochas y la mayoría, apenas un mostrador, rejuntado de vasos y pocas botellas. Lo
que nunca faltaban eran las mesas para juegos de cartas, donde se disputaban
partidas rabiosas de truco, juego en el que la suerte esquiva debe reemplazarse
con mentiras o “metiendo” rápidos dedos en el mazo. En el “Barrio Chino” era concurrido el boliche regenteado por una señora
provista de un carácter duro, cuyo nombre de pila identificaba al lugar: Doña
Rita.
En
tiempos en los que no había Secretaría de Seguridad y el único móvil policial
era un viejo Ford, modelo treinta y pico, que manejaba el “Negro Canelo”, los
programas de “prevención” se hacían con un milico, a pata, recorriendo las
cuadras en las que podrían producirse hechos que alteraran el orden y
merecieran la correspondiente IPP o algún correctivo “casero”.
Es
lógico pensar que al boliche de Doña Rita se le había asignado su “patrullero”
y el día del suceso motivo de la anécdota, la recorrida estaba a cargo del
agente cuyo nombre se omite por razones obvias, al que todos conocíamos como
“El Ruso”. En las partidas de truco se ponía en juego el pago de una vuelta de
copas o algún dinerillo que aunque escaso, era necesario para otros menesteres
familiares, motivo por el cual había que ganar de cualquier manera. Una
noche de lluvia y frio, El Ruso debió proceder para disuadir a quienes
discutían acaloradamente por el destino final de algún poroto o la validez de
los tantos acusados en el primero. La situación, que había superado las
posibilidades de la regente del lugar, se torno ingobernable y el pobre milico,
sobrepasado en número y poder de fuego
de los parroquianos, solo atino a salir como pudo y acudir rápidamente a
la comisaria en busca de refuerzo. Cortó
camino por la estación, cruzo la plaza en diagonal y al ingresar a la guardia
visiblemente desaliñado, al hacer la venia exclamó la frase que quedaría en el
anecdotario lugareño: ”Me parece que
hay lio, señor Comisario”, presentando como pruebas, paradójicamente, los
elementos que le había despojado y que consistían en: correajes, un machete de madera,
una cartuchera, el 38 y la gorra.
Doña
Rita, El Ruso, el boliche y muchos de los parroquianos, se han ido con el tiempo, pero de todos ellos
quedo el recuerdo, que vaya a saber, o no, por que circunstancias vuelven hoy a
la memoria. En
estos días, parece que hay lio en lo de Axel y al igual que lo que le paso al
Ruso, hubo que salir corriendo a buscar refuerzo.
“Casas mas, casas menos” lo de
Doña Rita igualito a La Matanza.
